Matthew Herbert volvÃa a la ciudad a la que llegó hace unos años para pinchar house en el festival Phonotica, tristemente desaparecido, y no lo hacÃa con su faceta electrónica sino con toda una Big Band para presentar su último álbum, There’s Me and There’s You.
PodÃa haber sido uno de los nombres del Festival de Jazz de Gijón, que anualmente organiza el Teatro Jovellanos, pero el inglés se hizo fuerte en el magnÃfico Teatro de la Laboral ante una platea que le falto poquÃsimo para estar llena. Allà este DJ y compositor británico actuó ante melónamos de diverso pelaje, gente del jazz (habÃa varios músicos asturianos en la sala) y admiradores del Herbert más electrónico.
Para éstos no era el concierto más apropiado, y en él los fanáticos del jazz, los más ortodoxos, debieron de poner el grito en el cielo ante el experimento sonoro que se les planteó: dieciséis reconocidos músicos de jazz europeos remezclados en directo por un tipo extraño que se movÃa por el escenario como Charlot o Buster Keaton.
Asà es como entiende un concierto Matthew Herbert y asà es como hay que tomarlo, aunque sus gansadas y las de sus músicos haciendo añicos ejemplares del ABC, arrojándoselos como si fueran confetti en plan gamberrada infantil tuvieran poca gracia.
Debajo de eso, y del número de la cantante usando un preservativo como guante o de la capucha que él y la cantante de Zimbabwe, Eska Mtugwazi, se colocaron para hacer la irritante ‘Battery’, hay un trasfondo de crÃtica social, polÃtica, religiosa y del propio sistema capitalista que quedó diluida entre el divertimento y la propia interpretación.
Y además lo que aportó este hijo de un ingeniero de sonido de la BBC fue más que nada deconstruir la brillante lección jazzÃstica de un elenco de músicos en el que para mà estuvieron increÃbles la sección rÃtmica formada por el contrabajista y el baterÃa suecos. Eso sà estuvo, genial modificando a su antojo, sampleando, la prodigiosa voz de su nueva musa que, a ritmo de swing y soul-jazz, fue interpretando un repertorio con bastantes altibajos.
A decir verdad, su voz la hubiera preferido ecualizada más grave porque por momentos resultó casi desagradable. No lo fue en los primeros compases de ‘The story’, con la big band lanzada, o cuando pareció ponerse el traje de Shirley Bassey para cantar en plan sintonia de 007 ‘Breathe’, pero se contagió de la bufonada de su jefe en ‘Pontificate’ y mostró su dotes para el music hall en ‘Waiting’.
Del primer disco de The Matthew Herbert Big Band, Goodbye Swingtime, me quedo con su versión de la instrumental ‘Turning pages’ casi al principio del recital y en el que pudimos comprobar que la Big Band de Matthew Herbert es mucha Big Band.
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