No hace muchos días, en este mismo blog teníamos una discusión sobre si sería interesante poder escuchar los infrasonidos. Se hablaba de que poder escuchar un rango tan amplio de frecuencias podría llegar a ser un caos, y que discriminar según qué sonidos era la solución ideal, pero lógicamente, hacer esto último es imposible.

¿Imposible?

Para nosotros sí, pero no para la Odorrana tormota, un tipo de rana que habita en China y que es capaz de elegir qué rango de frecuencias escuchar. Al parecer, se puede comunicar emitiendo sonidos dentro de dos rangos definidos: el audible y el ultrasónico.

Los estudios estaban siendo realizados por investigadores de la Chinese Academy of Sciences y la Massachusetts Eye and Ear Infirmary, quienes conocían la capacidad de la rana de escuchar ultrasonidos. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando descubrieron que a veces la sensibilidad de los tímpanos del animal desaparecía totalmente.

Observaron que cuando las trompas de Eustaquio de los animales estaban abiertas, se comunicaban entre los dos oídos, con lo que eran sensibles a la dirección de la que provenía un sonido, permitiéndoles localizarlos. En cambio, cuando estaban cerradas, la sensibilidad hacia la alta frecuencia y los ultrasonidos aparecía.

Todo indica que esta capacidad de elegir frecuencias se debe al ruidoso entorno en el que viven (centro de China). Pueden cambiar al rango de los ultrasonidos cuando en la banda de baja frecuencia hay mucho ruido (unas cataratas cercanas, por ejemplo), y así escucharse entre ellos, e identificar a amigos, y enemigos.

Elegir qué frecuencias escuchar, y qué frecuencias ignorar. ¿Un don de la naturaleza?

Vía | ScienceDaily (en inglés)
Más información | Ultrasonidos



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Ya conocemos su existencia en algunos de nuestros actos más cotidianos. La oxitocina es una hormona que nos hace estar más predispuestos a sociabilizarnos, enamorarnos y tener pareja de por vida. El cerebro libera grandes cantidades durante el orgasmo, igual que las madres mientras dan el pecho a sus hijos.

Pero los experimentos que se están realizando en los últimos años están demostrando que dosis de oxitocina aplicadas a pacientes les ayudan a reducir la ansiedad, aumentar los sentimientos de generosidad y reducir ciertos síntomas de timidez. También se está descubriendo que bajos niveles de esta hormona pueden contribuir a rebajar ciertas disfunciones sociales como la depresión o el autismo.

Un ejemplo de estos experimentos fue realizado por el doctor Eric Hollander de la New York’s Mount Sinai School of Medicine. Administró oxitocina sintética y placebo de forma intravenosa a 15 pacientes autistas (todos adultos). Los resultados fueron alentadores: aquellos que recibieron la hormona estaban mejor capacitados para interpretar emociones a través del tono de voz.

Más adelante se comprobó que el uso de oxitocina mediante pulverizador nasal ayudaba a los pacientes a interpretar expresiones faciales. Pero no sólo se cumplen estos efectos en autistas. Paul Zak, director del Centro de Estudios Neuroeconómicos de Claremont (California), dio pequeñas dosis del pulverizador a voluntarios sanos. Los resultados: menor nivel de ansiedad, menor cautela con los extraños, y mayor generosidad y confianza.

Pero como en genciencia no queremos promover el uso de sustancias en período de estudio, os proporcionaremos otras vías naturales para producir esta hormona. Allá van:

Recibir un masaje.

Acariciar un perro.

Comer en compañía de un amigo.

¿Se os ocurre alguna otra? (obviad el sexo, por favor…)

Vía | Time (en inglés)
Más información | Oxitocina



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Esta semana ha sido noticia el descubrimiento mediante rayos X de una pintura oculta de Vincent Van Gogh. Porque gracias a una innovadora técnica utilizada en el sincrotrón DORIS III, se han superado las limitaciones que hasta ahora tenía el sistema de rayos X tradicional.

Investigadores de la Universidad de Delf tenían constancia de que Van Gogh reutilizó gran cantidad de sus cuadros durante su primera etapa creativa (se dice que hasta un tercio de las obras).

Tras investigar el cuadro “Parche de hierba”, descubrieron que existían ligeros trazos de un retrato bajo las capas más superficiales. Sin embargo, sus técnicas habituales no lograban reconstruir con más exactitud el cuadro oculto, por lo que decidieron recurrir a los servicios del instituto de investigaciones DESY.

Este centro alemán con sede en Hamburgo cuenta con un acelerador de partículas que permite realizar espectroscopias de fluorescencia de rayos X gracias a la radiación sincrotrón.

Y… ¿Qué es eso? Vayamos por partes.

Imaginemos un electrón que va siendo acelerado dentro de los anillos de un sincrotrón. Al cruzar un campo magnético, crea la radiación electromagnética conocida como radiación sincrotrón.

Dicha radiación es la fuente de los rayos X que se utilizan para el análisis. A diferencia de los rayos X convencionales, se crea un haz más intenso y fino, parecido a un láser.

Ahora elijamos hacia donde va dirigido.

Porque con este rayo, el objetivo es excitar los electrones más cercanos al núcleo de los átomos, para que salten de su órbita. Como otro electrón pasará a ocupar el espacio “abandonado”, se producirá un exceso de energía que se disipará en forma de fotones (fluorescencia), y que es detectable por la máquina.

Para poder distinguir los colores, se estudiarán por separado. El instrumento de análisis puede decidir excitar sólo determinados pigmentos, ya que cada uno de ellos tiene una estructura atómica distinta (algunos tenían plomo, otros mercurio…).

De esta forma, sólo las partículas de cierto color reaccionarán al rayo, emitiendo un destello que se traducirá en imagen.

Y todo esto, sin dañar el cuadro.

Más información | ScienceDaily (en inglés)
Más información | DORIS III (en inglés)



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Menuda sorpresa se llevarían los investigadores al encontrarse con semejante descubrimiento.

Y es que el equipo de científicos que lo encontró, pertenecientes al proyecto “The Melting Arctic”, estaba estudiando los cambios del clima al oeste de Groenlandia, cuando vieron las ruinas.

Concretamente, encontraron lo que parece ser un muelle fabricado con rocas. Según Knut Espen Solberg, líder del grupo, el lugar parece estar diseñado para barcos grandes (de entre 20 y 30 metros de largo), y aunque la primera hipótesis sea pensar en una estación de caza para vikingos, hasta que no se hagan las pruebas del carbono no se puede precisar su antigüedad.

Porque en caso de demostrar que el emplazamiento fuera vikingo (una edad comprendida entre los 900 y los 1400 años), dos conclusiones se extraerían: por un lado, que hace 1000 años el clima era más cálido en ese punto que en la actualidad; y por el otro, que estamos ante la construcción vikinga más septentrional conocida hasta el momento.

Pero en caso de que el carbono mostrara una fecha más reciente, todo indicaría a que las ruinas fueron construidas por balleneros europeos durante el siglo XVI.

¿Vosotros por qué opción os decantáis?

Hagan sus apuestas, señores.

Más información | Vikingos
En Genciencia | Deshielo



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La historia de James Barry comienza en un lugar indeterminado en un año cercano a 1795. A los 13 años finalizó la escuela de medicina, y tras unos años de espera, en 1813 se alistó en la Armada Británica. Allí sirvió con distinción en muchas de las colonias que la corona británica tenía, incluyendo India, Sudáfrica y Canadá.

Estando en Sudáfrica, Barry se convirtió en el primer cirujano del Imperio Británico que realizó con éxito una cesárea donde tanto la madre como el hijo sobrevivieron. Antes de eso, este tipo de operación sólo se realizaba cuando la madre estaba muerta (o casi).

Pasaron los años, y Barry continuó haciendo méritos. Poco a poco, fue ascendiendo hasta lograr el rango de Inspector General de Hospitales de la Armada, aunque también tuvo tiempo para trabajar con la Marina Real mejorando las condiciones sanitarias de los marineros.

Hasta aquí puede parecer una trayectoria admirable, aunque no todo lo extraordinaria que podríamos esperar. Entonces, ¿de dónde viene eso del mito?

Pues de que según se dice, James Barry era una mujer.

En aquellos tiempos, una mujer no podía acceder a estudios médicos, ni mucho menos llegar a ejercer como doctor o cirujano. Por ese motivo, desde su infancia (cuando comenzó en la escuela de medicina), disimuló su sexo para poder aprender y trabajar de aquello que realmente le interesaba.

Al parecer, su habilidad para ocultar su verdadero sexo fue tal que hasta que no murió en 1865 y se le realizó la autopsia, no se descubrió el engaño. Incluso se dice que llegó a disimular un embarazo, y que se encargó ella sola de dar a luz y realizar todos los cuidados.

Dificultades de otras épocas… ¿no?

Más información | James Barry (en inglés)
Más información | Cuatro aniversarios científicos en femenino (en inglés)



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Hoy en día son muchas las técnicas que podemos encontrar para perder peso. Desde el siempre saludable ejercicio, hasta estudios punteros aplicados en medicamentos específicos para quemar grasas, pasando por las miles de dietas que se pueden encontrar por Internet.

Pero si ahora leyéramos que escribiendo podemos perder hasta el doble de peso, ¿qué pensaríamos?

Pues eso es lo que publican científicos de distintos centros de investigación clínica en un artículo del American Journal of Preventive Medicine del mes de agosto. Han encontrado resultados que afirman que gente que escribió un diario de lo que comía mientras seguía una dieta perdieron hasta el doble de peso que la gente que no lo hizo.

Entendamos porqué.

El estudio se realizó en cerca de 1.700 adultos (hombres y mujeres) con sobrepeso u obesos mayores de 25 años. Todos los participantes fueron animados a seguir alguna estrategia para perder peso como es la restricción de calorías, sesiones grupales semanales y moderada realización de ejercicio. Algunos de ellos, además rellenaron un diario de lo que iban comiendo a diario.

Tras seis meses de estudio, se comprobó que los participantes que habían escrito dicho diario habían perdido una media de 8 Kg., en comparación con los 4 Kg. de media que perdieron los que no hicieron su diario.

No nos engañemos, escribir no está considerado como deporte intenso, y no podemos pensar que se pierda peso porque el tiempo dedicado a escribir no se usa en comer. ¿Porqué los participantes perdieron entonces el doble de kilos?

El motivo está en su cabeza. Al escribir qué comían cada día, fueron capaces de identificar aquellos hábitos que había que modificar. Está claro que mucha gente es capaz de recordar lo que come, pero realmente sólo nos guardamos una idea general, y solemos tener memoria selectiva para olvidarnos de aquello que no era especialmente bueno para nuestro cuerpo.

En cambio, con el diario, se puede ver cual es la fuente de todas esas calorías que sobran, y lo lógico será eliminarla.

Y si además de escribir este diario se lo enseñamos a alguien al final del día, mucho mejor. Porque como dicen los investigadores, se trata de un acto de responsabilidad. Podremos pensar en comernos una galletita de más, pero no nos hará ninguna gracia tener que registrarlo para que alguien lo lea por la noche.

Mens sana in corpore sano, o eso dicen.

Vía | Time (en inglés)



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No es nada fácil encontrar un fósil. Exige estar buscando en zonas muy concretas durante mucho tiempo, para sólo contar con una pequeña probabilidad de encontrarse con un resultado satisfactorio.

Pero hasta que no leemos unos cuantos datos, no podemos imaginar la cantidad de condiciones que se han tenido que cumplir para que un hueso se haya podido conservar durante miles y miles de años.

Veamos cuales son esas condiciones.

En primer lugar, está la ubicación. Sólo el 15% de rocas cumplen con las condiciones idóneas para conservar fósiles. Se tiene que acabar enterrado en un sedimento en el que poder dejar una impresión. Además, no podemos acabar expuestos al oxígeno, para lograr así que las moléculas de nuestros huesos y algunas otras partes sean sustituidas por minerales disueltos, con lo que tendremos creada nuestra copia.

Luego viene el transporte. Al tener que sufrir durante miles y miles de años el movimiento de la superficie terrestre, tendremos que haber quedado de alguna forma que seamos reconocibles, si al menos pretendemos que reconozcan a qué raza pertenecíamos.

Pues bien, se cree que sólo un hueso de cada mil millones llega a fosilizarse.

O dicho de otra forma, el legado fósil de todos los estadounidenses (unos 270 millones de personas con 206 huesos cada uno) se compondría de un total de 50 huesos. No nos llega ni para un cuarto de esqueleto.

Pero aún hay más problemas. Estamos diciendo que esos 50 huesos se conservarán, pero no que se encontrarán. Sabiendo que se puede encontrar algo enterrado en un área de unos 9,3 millones de kilómetros cuadrados, que muy poco se excavará, y que aún menos se examinará, podemos ver de una forma más cercana la dificultad de encontrar fósiles.

Se calcula que sólo hemos podido descubrir cerca de una especie de cada 10.000 que hayan existido. Si aceptamos la estimación de que en la Tierra ha habido 30.000 millones de criaturas, y la estimación de que hay 250.000 especies en nuestro registro fósil, la proporción queda en una de cada 120.000.

Ya por último, debemos saber que la mayoría de animales terrestres murieron en campo abierto, se pudrieron o quizás fueron devorados. Así que cerca del 95% de fósiles son animales que vivieron en el mar.

Pues parece que no es tan fácil dejar huella.

Todos estos datos han sido extraídos de la gran obra “Una breve historia de casi todo”, de Bill Bryson. Altamente recomendable.

Más información | Una breve historia de casi todo
Más información | Fósiles
En Genciencia | Fósil



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Supongamos que somos expertos en alguna materia concreta. Por ejemplo, en biología.

Imaginemos que nuestro trabajo se basa en suponer cómo evolucionará la biología en los próximos 25 años. O quién sabe, cuál será el estado de esta materia en el año 3000. Si además estamos bajo el amparo de una organización tan implicada en el futuro del mundo como son las Naciones Unidas, ya podemos dejar de imaginar.

Estaremos formando parte del Proyecto Milenio.

Dentro de este “tanque de pensamiento” podemos encontrar a expertos que forman parte de organizaciones internacionales, gobiernos, corporaciones, ONG y universidades, y que juntos, tratan de realizar anualmente el conocido como Estado del Futuro (aquí podéis consultar el PDF del resumen en español para el 2007).

Pero sin duda lo más interesante es darse un paseo por su Web, y leer algunos de los escenarios con los que trabajan los expertos. Más de uno parece sacado de una novela de ciencia ficción. Y si no, veamos cuál es el escenario de la robótica para el año 3000.

La aparición de los robots hace 1000 años vino de la necesidad de máquinas que hicieran trabajos peligrosos o repetitivos. La gente amaba aquellas primeras máquinas en el siglo XXI. Al principio eran rudimentarias, pero programables y adaptables, y se utilizaban en cadenas de producción mecánicas y electrónicas.

Cuando la nanotecnología y la IA entraron en escena, los robots ganaron movilidad, se volvieron soldados (detectores de minas), policías (desactivando bombas) y mascotas. Limpiaban fosas sépticas, y exploraban planetas. Los más pequeños asistían en operaciones, entrando en cuerpos humanos para diagnosis o bombeando sangre cuando el corazón fallaba.

(…)

En el 2200, las máquinas ya se podían autoreparar y autoreplicar, pero lo más importante es que empezaron a evolucionar. Evolucionaban para realizar mejor sus tareas, podían entender el lenguaje natural, y lo más importante, encontraban mejores soluciones para una circunstancia dada que sus propios creadores.

Adquirieron emociones, y algunos neurocientíficos pensaban que los robots razonaban de una forma superior al razonamiento humano.

En el 2235 se produjo el gran salto adelante, cuando la mayoría de las máquinas estaban interconectadas a través de programas adaptados por cada una de ellas. Esto dio a las máquinas inteligencia global. Lo que una aprendía, lo aprendían todas.

Los robots empezaron a parecerse a los humanos, y se volvieron filósofos, políticos, actores, profesores, artistas. La sociedad pasó a ser exclusivamente racional. El instinto, sobretodo el combativo, fue anulado. Los robots podían explorar el espacio fuera del sistema solar, en entornos de radiación, calor y aceleración que un humano nunca podría soportar.

Los recursos empezaron a escasear, y la selección natural y artificial empezó a operar seriamente, distribuyendo dichos recursos entre los que eran más aptos para utilizarlos, es decir, los robots. Términos como “esclavitud” estaban en el aire. ¿Eran los robots el siguiente paso en la evolución?

Los comandos humanos empezaron un estudio intensivo sobre las relaciones entre las máquinas, para identificar sus debilidades, tanto mecánicas como emocionales, y crear así una estrategia que finalizara, después de tres generaciones, con la eliminación de la capacidad autoreplicante de los robots.

La cuestión era: ¿cómo caerían las máquinas ante esta estrategia? La respuesta fue utilizar conceptos tan humanos como la ingenuidad, la creatividad, o la distracción. Llevó tiempo conseguirlo, pero al final se logró estabilizar la población de robots.

Hoy en día, el legado más importante de todos estos sucesos es nuestra tecnología cyborg: la mejora artificial de la biología humana con componentes fabricados.

Sitio oficial | Millennium Project (en inglés)
Más información | Escenarios en el año 3000 (en inglés)



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El estudio del sistema nervioso es una de las ciencias que más está avanzando en los últimos años. Cada vez más frecuentemente, los distintos medios se hacen eco de las investigaciones que se realizan, y es importante conocer de lo que se nos está hablando.

Y algo básico en este campo es saber distinguir el nivel de análisis al que se está trabajando, ya que encontramos hasta cinco grupos distintos en función de su nivel de complejidad: molecular, celular, sistemas, conductual y cognitivo.

Veamos de qué tratan.

Neurociencia molecular. Es el estudio más elemental del cerebro, y trata de conocer los papeles que tiene su gran variedad de moléculas. Hay que tener en cuenta que muchas de éstas son exclusivas del sistema nervioso, con papeles tan diversos como transmitir información o archivar experiencias.

Neurociencia celular. Al unirse las moléculas del nivel anterior y trabajar juntas, proporcionan a las neuronas sus distintas propiedades. Interesa conocer los tipos de neuronas existentes, cómo interactúan unas con otras, o cómo hacen los cálculos.

Neurociencia de sistemas. Llamamos sistemas a los distintos grupos de neuronas que trabajan para realizar una tarea común. De esta forma, podremos diferenciar entre sistema visual, sistema motor… El objetivo de este nivel de análisis es conocer estos diferentes circuitos neurales.

Neurociencia conductual. Un nivel por encima de los sistemas, está conocer cómo interactúan entre ellos para lograr conductas integradas. Es decir, saber cómo influyen en la conducta de una persona, qué explica nuestra conducta sexual, o dónde está el origen de los sueños serían temas a estudiar en este nivel de análisis.

Neurociencia cognitiva. En el nivel más superior del estudio del sistema nervioso está esta ciencia, que trata de comprender mecanismos como la conciencia de uno mismo, el lenguaje o la imaginación. Es donde se estudia cómo la actividad del cerebro crea la mente.

¿Cuál os parece más interesante?

Más información | Neurociencia



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Si hablamos de ultrasonidos, quien más quien menos tendrá una vaga idea de qué son, y dónde se utilizan. Sabemos que son sonidos de una frecuencia mayor a los 20 kHz, y que nos los podemos encontrar en ciertas máquinas que se usan para hacernos exploraciones, como son las ecografías.

Pero en cambio, poca gente ha oído hablar de los infrasonidos, y no por eso están menos presentes en nuestra vida diaria. Veamos a qué nos referimos.

Por infrasonido entendemos aquél sonido cuya frecuencia es menor a los 20 Hz. Algunos de nuestros animales más grandes pueden llegar a detectarlos, como es el caso del elefante, que escucha tonos de hasta 15 Hz.

De la misma forma, las ballenas emiten sonidos de baja frecuencia para comunicarse a distancias de kilómetros. Incluso la propia tierra produce vibraciones de baja frecuencia, como es en el caso de los terremotos. De ahí que algunos animales sean capaces de percibirlos antes de que se produzcan.

No tenemos que confundir escuchar un infrasonido con no sufrir sus consecuencias, ya que no es así. Aparatos como calderas, aviones o automóviles emiten sonidos en este rango de frecuencias, y aunque no afectan a nuestra capacidad auditiva, bien pueden causarnos vértigo, náuseas o dolores de cabeza.

Y si subimos un nivel más, estos sonidos de baja frecuencia pueden causar resonancias en las cavidades corporales, pudiendo lesionar los órganos internos. Es para pensárselo a la hora de ponerse delante de un altavoz en una discoteca…

Pero no tenemos que irnos muy lejos para encontrar infrasonidos. Nuestro propio cuerpo emite en esta frecuencia al hacer cosas tan sencillas como mover un brazo. El músculo, al cambiar de longitud, hace que sus fibras vibren y produzcan este tipo de sonido.

Si queremos comprobarlo, no tenemos más que hacer este sencillo experimento: coloquemos los dedos pulgares sobre nuestros oídos, y cerremos los puños. Conforme vaya apretándose cada mano, iremos oyendo un sonido sordo producido por la contracción de los músculos del antebrazo.

Sabiendo que existen todos estos sonidos fuera de nuestro rango auditivo, ¿preferiríais poder escucharlos?

Vía | Neurociencia. Explorando el cerebro
Más información | Infrasonidos
En Genciencia | Sonido



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Actualmente se encuentran en un punto totalmente teórico, pero los avances que se están logrando en distintas disciplinas como son la bioética permiten ver cada día un futuro más claro en el campo de los bioordenadores.

En este caso, investigadores japoneses de la Universidad de Toyama han publicado en un artículo reciente que han logrado crear ADN artificial a partir de moléculas no naturales (C-nucleósidos), con capacidad para unirse en cadenas de forma espontánea.

Según comentan los científicos, anteriormente como mucho se había logrado incorporar partes artificiales a una molécula natural, pero a diferencia de estos experimentos, ellos han conseguido lograr una molécula entera.

El objetivo de estas investigaciones no es otro que aprovechar la capacidad de almacenamiento del ADN. Futuros ordenadores representarían la información mediante reacciones de moléculas orgánicas, aumentando en varios órdenes de magnitud la velocidad de los ordenadores actuales.

Y es que se especula que el almacenaje de información de estos teóricos ordenadores podría llegar a ser un billón de veces mayor a lo que entendemos ahora por supercomputador, y su velocidad llegaría a ser cerca de un millón de veces la actual. Para ello, la codificación pasaría de los actuales bits (ceros y unos) a realizarse en función del estado de estos nucleósidos.

Biología molecular e informática, un poquito más cerca. Ante estos descubrimientos y los posibles avances que se pudieran lograr, ¿qué sentimientos os producen?

¿Interés por ver hasta dónde podríamos llegar?

¿O tal vez rechazo por entrar en campos que nos asusta explorar?

Vía | Tendencias21
Más información | Bioinformática



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Puede parecer un anacronismo, pero tiene su explicación.

Situémonos en la Universidad de Bristol (Inglaterra), donde se está realizando un nuevo estudio sobre unos reptiles extinguidos llamados kuehneosaurios. El objetivo de este estudio es comprobar cómo utilizaban unas extensiones de sus costillas con las que formaban una especie de alas con las que volar.

Concretamente, son dos tipos de reptil los que se están estudiando: el Kuehneosuchus, que planeaba con sus largas alas, y el Kuehneosaurio, que al tener unas alas más cortas, tenía un vuelo más parecido al de un paracaidista.

Las dudas de los investigadores estaban en torno a la eficiencia para mantenerse en el aire de estos reptiles. En principio creían que no sería muy alta, pero no se basaban más que en especulaciones, por lo que decidieron construir modelos y probarlos en el túnel de viendo del Departamento de Ingeniería Aeroespacial de Bristol.

La sorpresa fue mayúscula cuando vieron que el vuelo de sus modelos de kuehneosuchus era muy estable. Saltando desde un árbol de cinco metros de altura, podía planear cerca de nueve metros antes de aterrizar en el suelo.

Tal como dice el professor Michael Benton, miembro del equipo de investigación, “Esto es un fantástico ejemplo de investigación interdisciplinar. Los paleontólogos investigan cómo actuaban todos estos animales, y en colaboración con ingenieros aeroespaciales pueden estar seguros de que sus modelos y cálculos son más realistas”.

Más información | ScienceDaily (en inglés)
Más información | Dinosaurios



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Eso es lo que se propone la compañía de telecomunicaciones BT, que plantea invertir cerca de 3.000 millones de dólares para acercar una comunicación de banda ancha ultrarrápida a cerca de 10 millones de hogares. Esta tecnología permitirá utilizar servicios como las videoconferencias o el consumo de vídeo bajo demanda de una forma más óptima que la actual.

Las velocidades que se proporcionarán llegarán a ser de 100 Megabits por segundo mediante fibra, que irá conectada o bien a armarios en las calles, o en casos concretos, directamente a los edificios (como la Villa Olímpica para los juegos del 2012). Las casas conectadas a estos armarios recibirán velocidades de hasta 40 Mbps, aunque con el tiempo se espera llegar a los 60 Mbps.

El interés de la compañía es poder llegar tanto a regiones urbanas como rurales, ya que en palabras de uno de sus ejecutivos, “el ancho de banda ha hecho despegar la economía del Reino Unido y ahora es una parte esencial de nuestros clientes”.

Sin duda es un futuro prometedor para las telecomunicaciones en Europa, porque supongo que no hará falta recordar que en Japón tienen estas velocidades desde hace bastante tiempo. Y si no, leed este antiguo post de la gente de Genbeta, donde hacen una comparativa de las velocidades de ADSL en distintos países.

En cuanto a España… estamos en otra época.

Más información | NewScientist (en inglés)



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Convivir con alguien que sufre de psicosis implica comprender al enfermo y saber que en ciertos momentos, va a estar viendo u oyendo cosas que no existen en realidad.

Obviamente, esto es una carga bastante importante para los familiares, ya que deben de tener especial cuidado con ciertas situaciones que pueden llegar a ser peligrosas. Como ejemplo sencillo, que la persona que sufra de psicosis crea conveniente salir por la ventana, en lugar de usar la puerta.

Pero a veces el problema puede crecer y salir de los límites de la mente del enfermo. En estos casos, hay dos situaciones en las que alguien cercano al psicótico acaba por compartir su noción de la irrealidad:

Folie imposée. Es cuando el enfermo induce a la otra persona sus ideas delirantes. Suelen tener una relación muy estrecha, y compartir los mismos temas (por ejemplo, creer en los horóscopos).

Folie simultanée. En este caso, ambas personas sufrían de psicosis, y una de ellas influencia a la otra de forma que acaban teniendo delirios parecidos.

Existen casos documentados realmente interesantes, como el de una madre y su hijo de 13 años que creía que era hijo del mago Merlín. El chico pensaba que todo el mundo quería dañarle por su curioso estatus, y decía escuchar una voz que le indicaba que “la hechicería se desencadenará”, en un lenguaje que no identificaba pero que entendía.

Su madre, de 44 años y con un nivel de escolarización bajo, acabó sintiendo cosas extrañas, y su psicosis fue tal que decía recibir órdenes de un tal Dartayan, espíritu de su difunto padre. Según su versión, a través de mensajes de texto al móvil le indicaba cómo tenía que actuar con su hijo para convertirlo en un todo un mago blanco.

Magia y tecnología, unidas con un mismo fin.

Más información | Transtorno psicótico compartido
Más información | Caso madre e hijo



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La historia de la electricidad está llena de grandes descubrimientos que hacen que la vida sea hoy mucho más sencilla. Pero a su vez, para llegar a estos avances, se ha pasado por muchas prácticas que destacan por su extravagancia.

Este es el caso de los estudios de Giovanni Aldini y Andrew Ure, que dedicaron parte de sus vidas a un mismo objetivo: reanimar los cadáveres de personas y animales mediante el uso de la electricidad.

Aldini (1762-1834) viajó por toda Europa realizando espectáculos donde demostraba el efecto de electrificar los cuerpos de animales y personas. Su actuación más significativa la realizó en el Royal College of Surgeons de Londres, con el cadáver de un ahorcado llamado George Forster.

Mediante dos varas conductoras conectadas a una batería, se dedicó a tocar distintas partes del cuerpo, con lo que el cuerpo empezó a reaccionar de forma visible. Al conectarlas en boca y oreja, la mandíbula empezó a temblar, los músculos cercanos se desfiguraron, y el ojo izquierdo se abrió.

Los resultados no fueron mucho más agradables cuando una de las varillas tocó el recto del cadáver. En ese momento, todo el cuerpo empezó a convulsionarse, y como recogieron los diarios de la época, muchos espectadores creyeron que el cuerpo había vuelto a la vida.

Pero Aldini nunca dijo que se pudiera esperar semejante efecto con la electricidad. Defendió que el galvanismo se cumplía en los sistemas nervioso y muscular, pero que no se podía hacer nada con el corazón.

Y precisamente en los experimentos de Aldini se inspiró otro científico llamado Andrew Ure (1778-1857). En 1818, durante una demostración en Glasgow utilizó el cuerpo de un musculoso hombre de unos 30 años, y de nuevo los resultados causaron estragos.

Al colocar una vara en el talón, la pierna se estiró tan violentamente que casi hace caer a uno de los asistentes que intentaba evitar su extensión. Al llevar las varillas al nervio frénico izquierdo y el diafragma, de repente pareció que el cadáver estaba respirando.

Por último, al conectar la vara a la frente y al talón, extrañas muecas aparecieron en la cara del muerto. Ira, terror, angustia y horrendas sonrisas hicieron que el público asistente decidiera marcharse, ya fuera por miedo o por náuseas.

Espectáculos curiosos, sin duda.

Más información | Aldini (en inglés)
Más información | Andrew Ure (en inglés)



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